Sexología

EMOCIONES: LA ENVIDIA

“NO VEMOS EL MUNDO COMO ES SINO COMO SOMOS”

Esta frase es mi medallita, la llevo siempre conmigo para recordarme quien soy e intentar comprender a los demás. Desde que la descubrí y comprendí su significado, me la repito prácticamente a diario.

Formamos parte de una sociedad que tiende a condenar el éxito ajeno.

Aunque nadie suele hablar del tema, en un plano más profundo, está mal visto que nos vaya bien de un modo u otro, incluso cuando no se trate de dinero. Este mal se denomina envidia y es una emoción desagradable.

La RAE la define como “deseo de algo que no se posee”, lo que provoca “tristeza o desdicha al observar el bien ajeno”. Surge cuando nos comparamos con otra persona y pensamos que tiene algo que nosotros buscamos. Es una emoción que destapa nuestras carencias, creándonos un complejo de inferioridad, frente a otros que entendemos que “tienen más” (lo que sea).

La envidia paraliza el progreso social, porque genera en quien es el centro de atención, el miedo a no encajar con la opinión de la mayoría y como resultado esta persona decide dejar de “brillar” para no molestar. Ya que uno de los mayores temores del ser humano es destacar del resto y ser excluido.

Los éxitos, los reconocimientos no llegan por casualidad, aunque sí en el momento y de la forma más inesperada generalmente.

Cuando alguien se expresa mediante palabras y acciones desde su autenticidad, sin esperar nada a cambio, antes o después “se le ve”.  Cuando una persona trabaja por algo que le apasiona, antes o después “se le ve”.

A todos nos gusta recibir reconocimiento por nuestro esfuerzo, la mayoría de la veces no llega, o no lo vemos, o no es como esperábamos, simplemente no es de la manera que creemos merecer.

Y bajo la influencia de la envidia somos incapaces de alegrarnos de las alegrías ajenas. Ahí es cuando, estas actúan como un espejo donde solemos ver reflejadas nuestras propias frustraciones. Sin embargo, reconocer nuestro complejo de inferioridad es tan doloroso, que necesitamos canalizar nuestra insatisfacción juzgando a la persona que ha conseguido eso que envidiamos cuando no sabemos gestionarla.

¿Qué podemos hacer para no beber de ese veneno que no aporta y nos pone en evidencia? Muy sencillo: dejar de demonizar el triunfo ajeno y comenzar a admirar las fortalezas de otros y aprender de esas cualidades que les han permitido a alcanzar sus sueños, o simplemente obtener reconocimiento público.

Lo que envidiamos nos destruye, en cambio, lo que admiramos nos construye. Aquello que admiramos en otras personas lo estamos cultivando en nuestro interior. Por eso, la envidia es una guía fiable de los talentos innatos que todavía tenemos que desarrollar.

Yo he vivido mucho tiempo, en el que no entendía que ser alumna sobresaliente y no sólo en calificaciones, no diera fruto más allá de un número plasmado en un papel. Aún hoy, siento que el fruto de mi trabajo no es proporcional a mi esfuerzo y dedicación, pero sigo porque adoro lo que hago. Eso me hace sentir malestar a veces al compararme con otros profesionales. Pero en lugar de dejarme llevar con por la emoción me adueño de ella y extraigo la información que necesito para seguir mejorando y construyendo un mundo más amable y respetuoso.

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