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El poder de las lágrimas

El poder de las lágrimas
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Desde que somos muy pequeños, aprendemos a que, reprimiendo nuestro dolor, nuestra frustración, seremos más fácilmente aceptados por otras personas.

Al niño que llora se le etiqueta de débil, y no sólo eso, se le castiga de su supuesta debilidad a través de burlas y faltas de respeto por parte de sus iguales. Su sentimiento de humillación, de fracaso por no haber estado a la altura del grupo, incrementa su dolor, un dolor que se transforma con el tiempo en sufrimiento.

Por otro lado, el niño que llora busca consuelo en sus mayores, quiere comprender la situación, subconscientemente está pidiendo a gritos aceptación, está suplicando poder expresar y sacar ese dolor. Cuando la respuesta que recibe es una falta de entendimiento hacia su dolor, generalmente porque sus mayores, le quitan importancia, se siente en soledad.

Y así ese niño aprende a contener su malestar, a negarlo incluso, a huir de él. Lo rechaza como si fuera algo malo en él y deja de sentir que esas emociones, que no son agradables, forman parte de él como ser humano.

Cuando el niño supuestamente débil crece y llega a la edad adulta, ya maneja perfectamente las situaciones dolorosas cotidianas, ya sabe tragarse perfectamente las lágrimas y las expresiones dolorosas, porque ha aprendido que eso le supone una ventaja en esta sociedad que nos quiere vender todo lo que es positivo y maravilloso. Puede llegar a sentirse incluso orgulloso, pues se ha hecho un ser “fuerte”.

¿Cuándo se dará cuenta de que esto no es así?

Cuando se encuentre en situaciones como la ruptura de una relación, cuando sufra estrés y acoso en el trabajo, cuando tenga problemas de pareja y la convivencia sea difícil de llevar, cuando vea sufrir a alguien a quien ama, cuando no se sienta capaz de enfrentar dificultades económicas, en general, cuando aparezca una circunstancia en su vida que haga que sus cimientos se tambaleen.

Cuando ante esas situaciones, siga, de la misma forma que aprendió, eludiendo o conteniendo esas emociones que no le gustan nada, pues según cree, no le sirven para nada ya que no se siente bien y por lo tanto no le van a aportar nada positivo.

Pero esos sentimientos que se traga o intenta minimizar se transformaran en depresión, ansiedad, malestar físico, dolores, lesiones, enfermedades … y lejos de sentirse mejor, con el tiempo, el malestar cada vez será mayor.

Cuando yo era pequeña, me decían llorona, pero en lugar de contener mis emociones, aprendí a buscar lugares seguros en los que pudiera aceptar y soltar aquello que me había lastimado.

Hoy soy una mujer adulta que también llora, y gracias a eso, mi calidad emocional de vida, es muy buena. Paradójicamente, me consideran una persona alegre y transmito serenidad.

Las personas que no reprimimos nuestro dolor, lo canalizamos mucho más rápido y vivimos felices y en paz.

Si te encuentras en una situación de dificultad que te angustia, te puedo ayudar.

Marien Figueredo. Especialista en sexología y coaching sexual y de pareja; experta en técnicas y recursos corporales y emocionales. Y ahora también facilitadora de EFT.

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